
Este martes 25 de agosto de 2026 murió Dolly Parton en Nashville, a los 80 años, tras una breve batalla contra el cáncer. La noticia la dio su sobrino Bryan Seaver y en cuestión de horas el país entero pareció detenerse un momento: banderas a media asta, flores en su estrella de Hollywood y múltiples homenajes. Pocas figuras logran esa clase de duelo transversal. Sin embargo, la partida tiene un ángulo particular, uno que muchos obituarios mencionarán de pasada y que aquí queremos poner en el centro: durante treinta años, Dolly Parton fue también, literalmente, una bibliotecaria.
Una vida de estrás y lentejuelas
Dolly Parton nació en 1946 en una cabaña de una sola habitación en las montañas de Tennessee, la cuarta de doce hermanos, hija de un campesino sin tierra propia, que nunca aprendió a leer ni a escribir. De ahí subió hasta convertirse en la artista femenina más condecorada de la historia del country: más de cien millones de discos vendidos, 25 números uno, once premios Grammy, un Óscar honorario por su labor humanitaria, además de un legado de canciones “Jolene”, “I Will Always Love You” o “9 to 5”, que pertenecen ya al patrimonio popular de la música.

Fue también una construcción de sí misma tan deliberada como sus canciones. Ella misma lo resumió con una de sus frases más citadas: “cuesta mucho dinero verse así de barata”. Era una broma, pero también una declaración de principios: su extravagancia, las pelucas rubias, las uñas larguísimas, el escote imposible, era una máscara elegida a conciencia, no un accidente. “Parezco totalmente artificial, dijo alguna vez, pero siempre he sido la persona más sencilla del mundo”.
Esa combinación de extravagancia y sensatez la acompañó también en sus pocos gestos públicos sobre temas espinosos. En 2018 decidió cambiarle el nombre a uno de sus espectáculos, que hasta entonces se llamaba “Dixie Stampede”. «Dixie» es una palabra que en Estados Unidos evoca el sur del país durante la época de la esclavitud y la Guerra Civil, y que muchos asocian con la defensa de ese sistema. Aunque el show no tenía relación con ese pasado, Dolly entendió que el nombre podía incomodar o excluir a parte de su público, y lo cambió sin necesidad de que se lo exigieran.
En 2020, en plena efervescencia del movimiento Black Lives Matter, Dolly rompió por un momento su costumbre de no opinar sobre temas políticos. Preguntada al respecto, respondió sin rodeos: «Por supuesto que las vidas negras importan. ¿Acaso creemos que solo nuestros traseritos blancos importan? ¡No!».
Durante años rechazó, no una sino varias veces, la Medalla Presidencial de la Libertad, ofrecida dos veces por Trump y sondeada por Biden, alegando primero la enfermedad de su esposo, luego la pandemia: no quería que aceptar un premio así se leyera como un gesto partidista.
Y estaba, por supuesto, el sentido del humor. A los 75 años recreó su propia portada de Playboy de 1978 como regalo de cumpleaños para su marido, Carl Dean, con quien estuvo casada 58 años sin apenas dejarse fotografiar juntos en público. Era una mujer que se tomaba en serio el trabajo y muy poco en serio la solemnidad.
El secreto mejor guardado: una biblioteca del tamaño del mundo
En 1995, con el dinero de su propia fundación, la Dollywood Foundation, Dolly Parton lanzó un programa modesto en el condado de Sevier, su tierra natal: enviar por correo, gratis, un libro al mes a cada niño y niña desde su nacimiento hasta los cinco años. La idea nació de una herida muy concreta. Su padre, Lee Parton, nunca supo leer ni escribir, y ella siempre sostuvo que aquello le había cerrado puertas a un hombre que, decía, era de los más inteligentes que había conocido. Su respuesta fue tan simple como radical: poner un libro en las manos de esas infancias antes de que el dinero, o la falta de él, pudiera decidir su relación con la lectura.

Lo que empezó como un gesto local se convirtió en el programa de regalo de libros infantiles más grande del planeta. La cronología, vista con perspectiva, resulta vertiginosa:
- 2000: comienza la expansión nacional en Estados Unidos.
- 2003: se entrega el primer millón de libros.
- 2006 y 2007: el programa cruza fronteras hacia Canadá y el Reino Unido.
- 2013 y 2019: se suman Australia y la República de Irlanda.
- 2018: el programa entrega a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, su libro número cien millones desde su creación; el ejemplar simbólico, elegido para la ocasión, fue Coat of Many Colors (Un abrigo de muchos colores), inspirado en una de las canciones más famosas y queridas de Dolly Parton, escrita en 1971, con una historia autobiográfica: cuando ella era niña, su familia era tan pobre que su madre le cosió un abrigo con retazos de tela de distintos colores que le habían regalado. Dolly lo leyó en voz alta ante niños y niñas reunidas en Washington.
- 2021: la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos otorga a la Biblioteca de la Imaginación el Premio David M. Rubenstein, dotado con 150.000 dólares.
- 2022: recibe la Medalla Carnegie a la Filantropía, uno de los reconocimientos más prestigiosos del mundo en la materia.
- 2023: la Biblioteca de la Imaginación alcanza el libro número doscientos millones.
- 2025: el programa cumple 30 años y, según cifras recientes, ya ha repartido más de 270 millones de libros en cinco países.

(AP foto / Andrew Harnik)
Hoy, la Biblioteca de la Imaginación envía más de dos millones de libros al mes. Solo en Estados Unidos, se estima que uno de cada siete menores de cinco años recibe mensualmente un libro suyo por correo. Son cifras que ninguna biblioteca pública, por generosa que sea su financiación, podría igualar.
Lo que dicen los datos (y las familias)
Lo más interesante, para mí, no es solo la escala del programa sino su evidencia. Probablemente uno de los estudios más grandes a nivel internacional sobre lectura compartida en el hogar, dirigido por la investigadora Claire Galea y con más de 86.000 familias encuestadas en los cinco países donde opera el programa, siguió a las familias durante doce meses comparándolas con hogares que aún no recibían los libros. Los resultados, difundidos ampliamente en 2025 y 2026, son contundentes: con apenas diez libros ya se observan avances medibles en alfabetización temprana y en las rutinas familiares de lectura. El estudio completo se puede descargar AQUÍ.
El impacto es mayor precisamente en las comunidades con más barreras de acceso a libros. Los investigadores midieron algo muy concreto: cómo cambia el momento de leerles cuando esos niños y niñas tienen libros en casa gracias al programa. Los cuidadores inscritos, por ejemplo, señalan y comentan las imágenes del libro con sus hijos siete veces más que quienes no participan, y dejan que los menores sostengan el libro por sí mismo cuatro veces más. Estos parecen pequeños gestos, pero que, según la evidencia en primera infancia, son claves para que una persona en sus primeros años de vida desarrolle vocabulario y curiosidad por la lectura. El resultado se nota en las propias infancias: en Estados Unidos, quienes están en el programa tienen hasta quince veces más probabilidades de participar activamente durante la lectura, pidiendo repetir una página, señalando un dibujo, imitando palabras, en lugar de simplemente escuchar en silencio.

Esta biblioteca tiene también anécdotas que la iluminan bien. En julio de este año, poco antes de su boda, las estrellas de la música y del deporte, Taylor Swift y Travis Kelce destinaron dos millones de dólares a la Biblioteca de la imaginación. Dolly les agradeció con un video, cerrando con un fragmento cantado de «I Will Always Love You», y aprovechó para recordar en pocas palabras la misión del programa: soñar más, aprender más, cuidar más, ser más.
Sin embargo, el detalle que quizás mejor explica por qué este programa importa no viene de estrellas famosas, sino de una decisión administrativa pequeña pero muy significativa: cada libro llega por correo dirigido no a los padres, sino al niño, por su nombre de pila. «Para ellos, es personal», explicó Dolly alguna vez. Ese detalle resume, en el fondo, toda la filosofía del programa: no es una donación abstracta a una causa lejana, sino un libro con el nombre propio de un niño o una niña en concreto, escrito en el sobre y con su domicilio.
En lo personal, no soy partidario de programas que solo entregan; el objeto libro no necesariamente opera de manera autónoma para crear lecturas. Soy de los que creen firmemente en la mediación como acto consciente de formación de lectores. Sin embargo, este programa tiene dos grandes virtudes. La primera es que aborda uno de los mayores problemas para la lectura: la ausencia de libros en casa. Porque los libros van dirigidos a los más pequeños, pero, a la vuelta de cinco años, el objeto libro va a pasar a ocupar un lugar en el hogar. Pero todo ello sería insuficiente sin otra gran virtud: la persistencia. Un programa que se mantiene constante y en crecimiento por más de 30 años es, también, un programa que va a tener resultados en muchos de esos millones de niños. Y así lo demuestran la investigación y la evidencia plasmada en los testimonios de miles de familias beneficiarias del programa.
Dos formas de usar la fama para hacer bibliotecas
Hace apenas dos meses, en este mismo espacio, contábamos la historia de Dua Lipa y su Biblioteca Manifiesto, inaugurada en la histórica Livraria Lello de Oporto: una colección curada de libros censurados, pensada como gesto político y cultural, dirigida a un público adulto y adolescente que quiere leer contra el silencio impuesto. Es tentador, y no del todo casual, poner esa historia junto a la de Dolly Parton.
Son proyectos distintos en casi todo, edad de los destinatarios, escala, lenguaje, urgencia, pero comparten una misma intuición: que la fama y el dinero de una estrella mundial pueden convertirse en infraestructura de lectura antes que en otro yate o en otra mansión. Dua Lipa apuesta por el símbolo: una biblioteca única, hermosa, con nombre y causa. Dolly Parton apostó, treinta años antes, por la logística masiva: un libro enviado cada mes al buzón de millones de casas donde tal vez no hay una librería cerca ni dinero para comprarlos.

Ninguna reemplaza a las bibliotecas públicas ni a los mediadores de lectura que trabajamos todos los días en el territorio. Pero ambas recuerdan algo que vale la pena no olvidar: cuando alguien con una plataforma inmensa decide ponerla al servicio de la comunidad, el efecto multiplicador puede ser real, medible y transformadora.
Porque a veces la canción más importante de una vida no se canta: se envía por correo, una vez al mes, hasta cambiar vidas de familias enteras.
