
Hoy, 27 de junio de 2026, abre sus puertas en la ciudad de Porto una biblioteca distinta a todas las demás. Se llama Biblioteca Manifiesto y nace dentro de la mítica Livraria Lello, en el marco de la celebración del 120º aniversario de la librería. Su impulsora es Dua Lipa, quien un paso decisivo en un proyecto que lleva años gestando: convertir su club de lectura digital en un espacio físico, permanente, dedicado a los libros que alguien, en algún lugar, ha intentado silenciar.
«Esta biblioteca es un santuario para los libros que han desaparecido, para los autores cuya valentía desenmascara estructuras de poder y control, y para los lectores que se niegan a que les digan qué libro pueden leer», afirma Dua Lipa. «Estás invitado a venir y decidir por ti mismo qué pertenece a estas estanterías. Porque a veces lo más subversivo que puedes hacer es leer un libro y después hablar de él.»
El silencio forzado
Hay libros que incomodan porque dicen demasiado. Otros, porque dicen lo que alguien no quiere escuchar. Hay libros que han sido perseguidos abiertamente, retirados de bibliotecas, prohibidos en escuelas, borrados de catálogos, escondidos bajo llave o convertidos en sospecha. Pero también existen otras formas de censura, más silenciosa y a veces más difícil de reconocer: aquella que no quema libros, sino que los desplaza; que no declara una prohibición, pero la disfraza de prudencia; que no levanta hogueras, pero vacía estanterías, limita el acceso, instala miedo o decide, desde alguna oficina, qué preguntas son aceptables y cuáles conviene dejar fuera del alcance de los lectores.

Por eso resulta tan significativa la inauguración de la Biblioteca Manifiesto, impulsada por Dua Lipa junto a la emblemática Livraria Lello, en Porto. No se trata únicamente de abrir una nueva colección de libros prohibidos, censurados o cuestionados. Se trata de hacer visible una disputa antigua y urgente: la defensa del derecho a leer, a pensar, a disentir y a conversar libremente sobre aquello que los libros despiertan.
La iniciativa reúne títulos organizados en torno a cuatro grandes ideas —poder, control, voz y memoria—, una estructura que ya permite comprender el sentido profundo del proyecto. No estamos frente a una colección de curiosidades literarias ni ante una vitrina de libros escandalosos. La Biblioteca Manifiesto propone, más bien, una lectura política y cultural de la censura: allí donde un libro ha sido prohibido, atacado o retirado, suele haber una pregunta que alguien teme; una identidad que alguien pretende negar; una memoria que alguien preferiría olvidar; una forma de vida que incomoda a los vigilantes de la normalidad.

Entre los autores en torno a esta colección aparecen Margaret Atwood, Salman Rushdie, Olga Tokarczuk y Reginald Dwayne Betts. No son nombres casuales. Son escrituras que han dialogado con el poder, con la violencia, con el encierro, con la libertad, con la imaginación y con los límites impuestos a la palabra. En algunos casos, la censura ha sido institucional; en otros, social, moral, religiosa o política. Pero en todos ellos se repite una misma tensión: el libro como territorio de libertad y como objeto de sospecha.
De la lectura a la acción
La Biblioteca Manifiesto recuerda algo esencial para quienes creemos en las bibliotecas: una colección nunca es inocente. Toda biblioteca expresa una idea de mundo. Lo que se incluye, lo que se excluye, lo que se destaca y lo que se oculta habla de una comunidad, de sus miedos, de sus deseos y de sus conflictos. Una biblioteca dedicada a libros censurados no celebra la censura; la denuncia. No convierte la prohibición en fetiche; la transforma en conversación pública. Allí donde alguien quiso borrar, la biblioteca vuelve a poner un libro en la mesa. Allí donde alguien quiso imponer silencio, la lectura abre una conversación.
El gesto resulta todavía más interesante porque viene de Dua Lipa, una figura global de la música pop que, desde hace años, ha construido una relación pública, constante y genuina con la lectura. Su plataforma Service95 y su club de lectura han mostrado una faceta que excede por mucho la imagen habitual de la celebridad que recomienda un libro de manera ocasional. En su caso, la lectura se ha convertido en una práctica sostenida, en una forma de conversación cultural y en una puerta de entrada para miles de lectores que quizá no se habrían acercado a ciertos autores por los caminos tradicionales.

Foto IG de Dua Lipa
Ese punto merece atención. En un tiempo en que muchas instituciones culturales se preguntan cómo atraer nuevos públicos hacia los libros, Dua Lipa hace algo que trabajamos en bibliotecas, editoriales o como mediadores de lectura debiésemos observar con interés: convertir la recomendación literaria en una experiencia deseable, contemporánea, compartible. Su club de lectura no se limita a decir qué leer; propone entrevistas, conversaciones con autores, listas, encuentros y una comunidad global articulada en torno a la curiosidad. No reemplaza a las bibliotecas ni a las librerías, pero dialoga con ellas desde otro lugar: el de una cultura popular capaz de llevar los libros hacia públicos amplios, jóvenes y diversos.
Hay algo profundamente valioso en que una estrella pop utilice su visibilidad para hablar de literatura, de censura y de libertad intelectual. No porque la defensa del libro necesite necesariamente celebridades para legitimarse, sino porque las conversaciones públicas también dependen de quién logra instalarlas. Cuando alguien con millones de seguidores dice que leer puede ser un acto subversivo, no está inventando una idea nueva, pero sí está amplificando una verdad antigua: los libros importan porque cambian la manera en que miramos el mundo.

Livraria Lello: belleza, memoria y desobediencia
Un elemento especialmente simbólico de esta inauguración es el lugar elegido. La Biblioteca Manifiesto abre sus puertas en la Livraria Lello, una de las librerías más hermosas y reconocidas del mundo. Situada en Porto, con su célebre escalera, sus maderas trabajadas, su atmósfera casi fantástica y una historia que supera ya el siglo, Lello es mucho más que una librería turística, es un espacio donde la belleza arquitectónica nos recuerda que la lectura también necesita escenarios capaces de conmover.

Vadim Istratov
Livraria Lello celebra este año 120 años de historia, y la Biblioteca Manifiesto aparece como parte de esa conmemoración. La elección no podría ser más acertada. Una librería que durante más de un siglo ha hecho del libro un objeto de deseo, de encuentro y de imaginación, acoge ahora una biblioteca dedicada precisamente a aquellos libros que en algún momento fueron amenazados por su capacidad de desobedecer. La belleza del lugar no suaviza el conflicto; lo intensifica. Porque pocas cosas resultan tan poderosas como reunir libros perseguidos en un espacio que parece haber sido construido para venerar la palabra.
Francisca Pedro Pinto, responsable de la marca Livraria Lello, señaló: «Durante 120 años, la Livraria Lello se ha construido sobre una convicción sencilla: el libro es una tecnología de libertad. La Biblioteca Manifiesto crece a partir de esa creencia, porque lo que está en juego no es solo el futuro de la lectura, sino la capacidad de una sociedad para imaginar, interpretar y construir su propio futuro.»
Tal vez esta sea una de las mejores noticias: que una biblioteca pueda seguir siendo un lugar de descubrimiento en medio del ruido que silencia. Que un libro censurado pueda encontrar una nueva casa. Que una emblemática librería pueda abrir un espacio para las voces incómodas. Que una artista global pueda invitar a leer y conversar como una forma de libertad.
