
Hace algún tiempo llegó a mis manos un libro álbum con algo evidentemente distinto: no traía ilustraciones. Solo texto, y espacios en blanco donde uno esperaría ver colores y formas. Se trataba de Olga y los pájaros, de Claudio Ledesma, publicado en 2015 y primer título de una colección que Ediciones Sherezade, el sello que dirige Lorena Díaz Meza, acompañada en la tarea, prácticamente, por toda su familia, ha ido construyendo con paciencia a lo largo de los años: los libros blancos para imaginar y colorear.
Son libros álbum de gran poder literario a los que, deliberadamente, les faltan las ilustraciones. El lector o la lectora debe completarlas: con colores, con manchas, con fotografías, incluso con hojas y flores recogidas de un jardín, o con el envoltorio de un caramelo de menta. Se suele decir que un mismo libro es diferente para cada persona por la interpretación que hacen los lectores de la obra. En esta colección de Ediciones Sherezade se materializa algo que no creo haber visto antes: de un modo muy literal, quien tiene el libro en sus manos y lo lee es quien termina la obra y que, por lo mismo, ningún libro de esta colección será igual en las manos de una persona que en las de otra.
Este año, 2026, la colección suma un nuevo título: El jardín escondido del abuelo Ramón, de Marcos Córdoba. Entre el primero y el más reciente hay más de una década de trabajo editorial silencioso que sostiene buena parte de lo mejor que se publica en Chile, de un sello pequeño, dirigido con convicción, con cada uno de sus ejemplares de esta colección encuadernados a mano y que apostó por un concepto tan simple como radical: dejar el libro incompleto a propósito y confiar en que el lector se atreva a terminarlo.
Comparto aquí mis impresiones del más reciente y del primer libro de la colección.

El jardín escondido del abuelo Ramón, de Marcos Córdoba
El jardín escondido del abuelo Ramón es una breve clase de jardinería: la historia de un niño que llega a pasar una temporada en casa de su abuelo y descubre, junto a él, el universo de un jardín. Pero basta avanzar unas pocas páginas para entender que este pequeño libro contiene mucho más que una lección de plantas, flores y jardines. Es, sobre todo, una lección de afectos: los que unen a un abuelo, una madre y un niño que caminan juntos entre plantas, aprendiendo no solo a reconocer especies, sino a distinguir sus olores, sus formas, sus colores y sus tiempos, los propios y los del jardín.
El abuelo Ramón le enseña a su nieto que las plantas son como las personas: cada una única, cada una necesitada de cosas distintas. Y así, hoja por hoja, flor por flor, el niño aprende a mirar de cerca: los verdes, las formas, la manera silenciosa en que una orquídea crece abrazada, o cómo una planta áspera puede, una noche, regalarnos la máxima belleza. Son esas imágenes, simples y precisas, las que hacen de este libro una pequeña joya: no explica de más, confía en que el lector se detenga, observe y convoque su propia memoria.
Y hay algo más, quizás lo más hermoso: como este es también un libro de jardinería, nos enseña sobre el paso de la vida. En el jardín no hay dolor desgarrador, sino un proceso sereno y natural que se repite: cada año las flores y las hojas mueren y, sin embargo, vuelven a florecer en la siguiente primavera. Esa idea atraviesa el relato y le da su forma circular, propia de la naturaleza y de la vida.

Es un libro que nos trae a la relación más íntima entre las personas, situada en un entorno muy particular: el de un jardín, que permite encontrar los matices, los olores y las posibilidades que ofrece lo vegetal como metáfora de lo humano.
En lo personal, confieso que este libro me llegó de un modo muy especial. Hace tres años murió mi padre, quien era jardinero, paisajista diseñador de jardines, en rigor, aunque a él le gustaba definirse simplemente como jardinero. Leyendo estas páginas, entre nenúfares, orquídeas y esos verdes tan diferentes unos de otros, recordé las conversaciones que tuve con él de tantos jardines que habitamos.
Por eso quiero decir que este es un libro que invita a conversar, a sentir, mirar, oler y, sobre todo, invita a encontrarse con los otros y con uno mismo.
Olga y los pájaros, de Claudio Ledesma
Este es un libro que conozco desde su nacimiento, y que me sigue pareciendo fantástico. Es una historia con apariencia de historia infantil, pero que, al poco de leerla, se revela como una historia para grandes, para esos “niños grandes” que alguna vez fuimos y que se resisten a abandonarnos. Claudio es descubierto de inmediato, porque este es un libro pensado para ser leído en voz alta: es, a todas luces, un libro oral. Y es obvio, porque Claudio es un cuentacuentos de gran trayectoria internacional y muchos libros publicados, una verdadera biblioteca oral itinerante. Basta empezar a leerlo para escuchar, con total claridad, la voz de Claudio contándonoslo.

Es una historia que nos lleva de la mano hacia la amistad y el amor de infancia, ese territorio en el que las palabras amor y amistad en realidad no tienen formas distintas: son un mismo espacio, un mismo latido. Claudio lo recrea a la perfección a través de un niño y una niña menores de diez años, que comparten las ganas de jugar y un amor tan grande que quiere volar.
Porque justamente es también un libro sobre el sueño, la imaginación y las ganas de volar: de despegarse de lo cotidiano y de sentir todas esas cosas que ocurren dentro de una amistad de infancia. Olga le confía a su amigo un secreto imaginado, vivido y habitado por ella todas las noches, y esa fantasía compartida termina siendo la manera que ambos encuentran de nombrar algo que no tiene otro nombre posible.

La historia es insistente con la idea del juego: es una verdadera incitación a jugar, y por eso se abre con esa cita de Neruda que pregunta, con una mezcla de ternura y rebeldía: “Pero si ya pagamos los pasajes en este mundo, ¿por qué, por qué no nos dejan jugar?”. Eso resume muy bien el espíritu del libro, el sentido profundo de la historia: el juego. En el juego, el niño y Olga se encuentran; incluso en la imposibilidad del juego, siguen encontrándose. Y en una caída y la herida que ella provoca en la rodilla, mágicamente un papelito de caramelo de menta cura, y el amor queda guardado para siempre.
Probablemente esto es más que un libro: es un poema. Y más que un poema, es la historia de nuestras propias infancias, de nuestros juegos y de nuestras más dulces amistades. Los invito a leerlo, a compartirlo, a narrárselo a otros y a descubrir todo lo que se puede encontrar en sus páginas. Y naturalmente los invito a darle forma y color a esta historia con sus propias manos y creatividad, que para eso está hecho el libro. Le agradezco a Claudio este relato, y quiero decirlo con total sinceridad: tengo ganas, Claudio, de volver a leerte y de volver a escucharte por mucho tiempo más.
Una tarde en la Biblioteca de Pudahuel

Cierro este texto contando algo que, aunque circunstancial, no quiero dejar pasar: tuve la fortuna de presentar estos dos libros en la Biblioteca Pública de Pudahuel, un espacio que, desde la inauguración de su edificio, ha demostrado ser mucho más que una biblioteca, es un espacio libre de lectura y de creación, que invita, que abre, que crea y que provoca. Gracias a Lorena y a todo el equipo de Ediciones Sherezade por la invitación, y a la biblioteca por prestarnos sus muros para esta conversación entre libros, jardines y pájaros.
