Un libro en una biblioteca no es un producto terminado: es una semilla.

«A veces 100 millones, 500 millones para una investigación que termina en un libro precioso en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno. Bueno, los de las personas que hicieron el estudio.» – José Antonio Kast, 2026.
La declaración es llamativa y, a primera vista, parece de sentido común: si invertimos cientos de millones y el resultado es un libro que reposa en un estante, algo salió mal. El problema es que esta intuición, políticamente efectiva, pero analíticamente insostenible, ignora décadas de evidencia sobre cómo funciona realmente la creación de riqueza, la salud pública y el bienestar social.
La investigación salva vidas y genera riqueza

La historia del progreso humano es, en buena medida, la historia de investigaciones que parecían no tener aplicación práctica inmediata y que, décadas después, transformaron civilizaciones enteras. Tomemos el caso más citado en la literatura económica sobre retorno de inversión en I+D: el desarrollo de Internet. ARPANET, la red precursora de internet, fue financiada íntegramente por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos a fines de los años 1960 como investigación avanzada, experimental y estratégica. No había un modelo de negocios. No había empleos directos proyectados. Era conocimiento exploratorio. El retorno económico de esa inversión en la economía digital global es inconmensurable y el registro de este caso está disponible en la mayoría de las bibliotecas del mundo.
Cuando Alexander Fleming observó en 1928 un hongo contaminando en una placa de Petri y anotó sus propiedades antibacterianas, nadie, incluido él mismo, imaginaría la escala del impacto que vendría. El proceso completo —desde la observación hasta la producción industrial— requirió décadas de investigación acumulada por múltiples equipos en distintos países. Hoy los antibióticos derivados de ese descubrimiento forman la base de la medicina moderna y ha salvado la vida a millones de personas en el último siglo.
Financiado originalmente como investigación militar básica, sin aplicación comercial prevista, el National Institute of Standards and Technology estimó que el GPS generó aproximadamente 1,4 billones de dólares en beneficios económicos acumulados desde su apertura al uso civil y comercial, solo hasta el año 2017.

El costo directo del proyecto del Genoma Humano a inicios de los años noventa fue de aproximadamente 3.800 millones de dólares en financiamiento federal. Un estudio encargado por el National Human Genome Research Institute al Battelle Memorial Institute, en 2013, estimó que la actividad económica generada a partir del proyecto alcanzaba los 965.000 millones de dólares para ese año, además de 4,3 millones de empleo por año. Ello significa que el retorno es de 141dolares por cada dólar invertido en el proyecto original.
Estos no son casos aislados. La Comisión Europea ha documentado en su informe de desempeño en ciencia e innovación de 2020 que la investigación genera retornos económicos significativos en el largo plazo, sostenidos por dos décadas de datos en países miembros.
De esta manera, la investigación produce conocimiento, el libro lo fija y la biblioteca lo conserva, lo distribuye y reactiva socialmente oportunidades a las naciones.
Una semilla en la biblioteca
La imagen del libro «precioso» acumulando polvo es una metáfora deliberadamente empobrecedora. Un libro en una biblioteca no es un producto terminado: es una semilla. Su valor no se mide en el momento de su depósito, sino en el árbol que crece de él: los investigadores que lo citan, los profesionales que lo consultan, los estudiantes que construyen sobre sus hallazgos, las empresas que aplican sus conclusiones.
El economista Michael Polanyi acuñó, en 1966, el concepto de “conocimiento tácito” para señalar que «sabemos más de lo que podemos decir»: el libro y el artículo académico son, precisamente, la forma en que ese conocimiento tácito se hace explícito, transmisible y acumulable. Sin libros, cada generación empieza de cero. Con ellos, cada generación empieza más arriba, en los hombros de los que vinieron antes.
El retorno económico de las bibliotecas
La economía de las bibliotecas es un campo de investigación consolidado. La metodología más utilizada —análisis de retorno sobre la inversión (ROI) mediante valoración contingente y cálculo de valor de uso— ha sido aplicada en estudios en Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Colombia y más de una decena de países, con resultados que apuntan consistentemente a que el valor económico generado por las bibliotecas supera con claridad su costo de operación: por cada dólar invertido el retorno es superior a tres dólares.
Las bibliotecas prestan servicios directamente vinculados al emprendimiento y la empleabilidad: acceso a bases de datos comerciales y legales, espacios de trabajo, talleres de habilidades digitales y acceso a tecnología para quienes no la tienen en casa.
Además, la bibliometría ha documentado que el conocimiento científico tiene una «vida media» de uso que, en disciplinas como la matemática, la física teórica o la filosofía puede extenderse por siglos. Isaac Newton sigue siendo citado. Euclides sigue siendo enseñado. Un libro en una biblioteca no es un fin: es el comienzo diferido de algo que aún no sabemos nombrar.

Investigación, libros y empleo: una cadena de valor para la economía
El mundo de la investigación y el libro generan muchísimos empleos: de quienes investigan, publican, editan, distribuyen, catalogan, enseñan y aplican ese conocimiento. En Chile, el sistema universitario y de centros de investigación empleaba en 2023 a más de 120.000 personas de forma directa, según datos del MINEDUC. A nivel global, el Banco Mundial estima que el sector de educación e investigación representa entre el 5 y el 7% del empleo formal en economías de ingreso medio-alto, con una resiliencia notable frente a ciclos económicos recesivos. Y su impacto económico opera por varios canales.
Primero, una investigación que termina en un libro genera trabajo antes, durante y después de su publicación: investigadores, asistentes, revisores de pares, correctores, diseñadores, impresores, distribuidores, bibliotecarios y desarrolladores de plataformas de indexación y búsqueda académica. A continuación, la investigación se convierte en semilla de empresas.
El concepto de empresa spinoff universitaria —fundada a partir de una investigación académica— es uno de los fenómenos económicos más documentados de las últimas décadas. En EE.UU., la Ley Bayh-Dole, de 1980, permitió a las universidades patentar resultados de investigación financiada con fondos públicos y licenciar esa propiedad intelectual al sector privado. La Association of University Technology Managers reporta que entre 1996 y 2020, las universidades estadounidenses generaron más de 13.000 empresas startup derivadas de investigación académica, con un impacto económico acumulado de más de 865.000 millones de dólares en ese período.
En América Latina, la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT) documenta el crecimiento de empresas de base tecnológica vinculadas a universidades públicas de la región, aunque la transferencia tecnológica sigue siendo uno de los eslabones más débiles del ecosistema de innovación latinoamericano: una debilidad que no se corrige recortando investigación, sino fortaleciendo los puentes entre universidades y centros de investigación y la industria.
Los países que recortan inversión en investigación y conocimiento tienden a consolidar una especialización en sectores de bajo valor agregado —minería, agricultura, manufactura de ensamblaje— donde el empleo es más volátil, los salarios son más bajos y la economía es más vulnerable a los ciclos de precios de materias primas.
El costo de un falso dilema
La declaración de José Antonio Kast no es solo un error de diagnóstico: es una pregunta mal formulada. «¿Cuántos trabajos generó?» asume que el valor de una investigación se mide en empleo inmediato y directo, como si un hallazgo científico fuera equivalente a la inauguración de una fábrica. Bajo esa lógica, la investigación de Fleming sobre la penicilina habría sido inútil durante décadas.
Las bibliotecas, por su parte, no son depósitos de libros preciosos. Son la infraestructura que hace que el conocimiento sea acumulable, accesible y transmisible a lo largo del tiempo y a través de todas las sociedades. Gracias a ellas, caminamos sobre hombros de gigantes, como decía otro investigador, Isaac Newton, por allá en 1675. La pregunta correcta no es cuántos empleos generó ese libro en la biblioteca. La pregunta correcta es: ¿cuántas enfermedades curó? ¿cuántas empresas sembró? ¿cuántos ingenieros formó? y ¿cuántas generaciones hizo más capaces de enfrentar un mundo que cambia más rápido que cualquier plan de empleo trimestral?
Las investigaciones no terminan en un libro; los libros, de hecho, nunca son un punto de término sino de tránsito que nos permiten establecer puentes, cruzar obstáculos que parecían insalvables. Pensar que una investigación termina en un libro es plantear que las investigaciones de Einstein terminaron tan solo en una publicación y desconocer que, justo en ese instante, se abrió un universo nuevo para la humanidad en su conjunto.
