La batalla cultural contra el aislamiento

En una pequeña sala de un municipio campesino, con un bibliobús, en un granero e incluso en una antigua porqueriza, miles de voluntarios apuestan por la lectura para romper el aislamiento, reinventando espacios para leer, aprender y crear vínculos.

Bibliobús de Niort
Bibliobús de Niort
Foto: Le Figaro

Esta podría ser una historia que bien podría suceder en un sector rural de cualquier lugar del mundo. Este fin de semana las periodistas Stéphane Kovacs y Aude Bariéty de Lagarde publicaron dos reportajes en el periódico Le Figaro en donde se puede ver como un puñado de bibliotecas rurales, un bibliobús y miles de entusiastas voluntarios hacen la diferencia. Aquí les transcribimos algo de esas bellas historias.

Un bibliobús para compartir

Al oeste de Francia, la comunidad rural en torno a la ciudad de Niort amplió en 2023 el recorrido de su bibliobús para llegar a pueblos alejados que no cuentan con servicios culturales. Este singular vehículo, repleto de libros para todas las edades (desde historietas hasta novelas policíacas), visita quince paradas cada semana, de martes a viernes, en turnos quincenales.

Patrick Derré, responsable del bibliobús de Niort
Patrick Derré, responsable del bibliobús de Niort

Uno de esos lugares es Prissé-la-Charrière, un pueblo de 646 habitantes. Allí, bajo la lluvia fina de un miércoles por la tarde, Patrick, el conductor-bibliotecario, ayuda a los visitantes a encontrar lo que buscan. “El primer estante es para niños de 0 a 4 años; cuanto más arriba en la estantería, más avanza la edad”, explica mientras atiende a Nathalie y a sus dos nietas. Mathieu, de 9 años y medio, pregunta con entusiasmo por libros de deporte. Su madre, Isabelle, artesana, quién se lleva 12 títulos: “Cuando vengo aquí, siento menos esa sensación de estar aislada en un entorno rural”, comenta.

Bibliobus de Niort
Bibliobus de Niort

La siguiente parada es en la localidad de La Rochénard, con 541 habitantes, donde Paule, de 94 años, pide algo para reír: “Me gusta todo, menos las tonterías…”, bromea mientras Patrick le ofrece libros ligeros y fáciles de sujetar en las manos. “Hago este trabajo para compartir”, comenta el bibliotecario, que contrasta su experiencia con la de la gran mediateca de Niort, donde todo está automatizado y el contacto personal con el usuario es mínimo. Según explican responsables del proyecto a Le Figaro, el bibliobús representa un servicio clave, no tanto por la cantidad de préstamos sino por la cercanía y el asesoramiento que brinda. La ministra de Cultura de Francia, Rachida Dati, afirmó en su nombramiento que tuvo “acceso a la literatura” en su juventud gracias a un bibliobús que visitaba su ciudad.

Si quieres leer más sobre el trabajo de los bibliobuses, te recomendamos leer Para no dejar a nadie atrás y Argonautas de las Bibliotecas, dos artículos de este mismo blog.

La fuerza del voluntariado

Este tipo de iniciativas refuerza la idea de que, en los pueblos, las pequeñas bibliotecas son a menudo el único espacio de encuentro cultural. Sin embargo, casi la mitad de los 16.500 puntos de lectura en Francia funcionan solo con voluntarios. De acuerdo con un informe de 2022 citado por Le Figaro, alrededor de 70.000 personas colaboran como voluntarias en bibliotecas municipales, sobre todo en municipios con menos de 5.000 habitantes. El reto es que la mayoría de esos voluntarios, en su mayoría mujeres mayores de 65 años, se están jubilando sin que haya suficiente relevo generacional.

“En las zonas rurales, la biblioteca se convierte en la puerta de entrada a los servicios culturales y de información, pero también a los servicios públicos”.
Amandine Jacquet, capacitadora de bibliotecarios

Para Amandine Jacquet, formadora de bibliotecarios voluntarios, la biblioteca rural evoluciona de tres formas principales: se convierte en un acceso a servicios culturales, a información y, a veces, a prestaciones públicas; a menudo comparte espacio con la escuela o un café, y se transforma en un lugar de convivencia, donde se organizan talleres creativos, actividades de cocina o jardinería. Además, si estas bibliotecas forman parte de una red intermunicipal, pueden especializarse en una temática concreta y beneficiarse del apoyo de personal contratado.

Biblioteca de La Geneytouse, "la biblioteca más pequeña de Francia"
Biblioteca de La Geneytouse
«la biblioteca más pequeña de Francia»

Un caso curioso es el de la biblioteca de la localidad de La Geneytouse, donde un pastor aficionado a la literatura rehabilitó una antigua porqueriza para convertirla en la que describe como “la biblioteca más pequeña de Francia”: nueve metros cuadrados, sin electricidad, con 3.000 libros. Funciona gracias a la confianza: cualquier visitante puede pedir la llave a la vecina y llevarse los libros sin necesidad de fichas de préstamo.

Biblioteca de  La Rivière
Biblioteca de La Rivière

En el lugar llamado La Rivière, hay otra pequeña, la biblioteca popular de Vouillé, de apenas 12 metros cuadrados, construida en 1889, que abre el primer domingo de cada mes. Cuenta con 1.850 libros y se mantiene gracias a 25 socios que pagan una modesta cuota anual y una pequeña subvención municipal. Su público es fiel, sobre todo los lectores de novelas ambientadas en el medio rural y las ediciones de letra grande, muy solicitadas por personas mayores.

Logo de la asociación Libélula

También hay proyectos innovadores, como la asociación Libélula, en la localidad de Sarthe: una “biblioteca-librería ambulante” que acerca los libros a mercados y cafés. Su impulsora, Marion, bibliotecaria de formación, explica en Le Figaro que el objetivo es fomentar el vínculo social y ofrecer alternativas literarias sin tener que desplazarse a grandes ciudades.

La localidad de Ladrat cuenta con una biblioteca dentro de un granero, que alberga más de 10.000 obras. Su creador, Gilles Dessagne, empezó recuperando libros destinados a la basura. Como exprofesor, ve la biblioteca como un lugar gratuito y sin horarios fijos, donde cualquiera puede avisar para visitarla.

Amor en la biblioteca

En la primera planta de la pequeña municipalidad de Gonneville-en-Auge, en el norte de Francia, se encienden las luces. Son las 10 de la mañana y, como cada miércoles, Dominique y Nadine Andréani, de 78 y 67 años respectivamente, ocupan los 35 metros cuadrados que conforman la biblioteca de su localidad de 420 habitantes. En la primera sala, dedicada a los más jóvenes, un ordenador bastante antiguo preside el escritorio. La segunda habitación está repleta sobre todo de novelas, además de dos sillones, junto a una mesa baja y una máquina de café.

Dominique y Nadine, en la biblioteca de Gonneville-en-Auge
Dominique y Nadine
Foto: Le Figaro

Esta biblioteca, que hoy reúne unos 5.000 libros, fue fundada por Dominique hace casi veinte años. Nada hacía pensar que este hombre acabaría siendo el creador y pilar de una biblioteca comunitaria en Normandía. Durante su infancia, creció junto a sus padres, que eran maestros. Luego se mudó a París, donde estudió en la Universidad, para finalmente dedicarse al sector bancario. Trabajó la mayor parte de su carrera en París, salvo algunos años en los que fue destinado a Caen. Allí conoció a Nadine, natural de la región de La Manche (en Francia), quien también ejercía en la banca.

En 2005, Dominique se jubiló. Con Nadine, que seguía trabajando en Caen, se estableció “un poco por casualidad” en Gonneville-en-Auge. En 2006, la pareja se casó en el municipio de su nueva comuna. Ese mismo año, bajo el impulso de la alcaldesa de entonces, Dominique inauguró la biblioteca para todos. “Fue un gran trabajo. Recuperamos los libros y las estanterías de una biblioteca de Caen que estaba cerrando. El esposo de la alcaldesa restauró e instaló esas estanterías. ¡Y nos lanzamos a la aventura!”

Municipio de Gonneville-en-Auge
Municipio de Gonneville-en-Auge
Foto: Neizham

En los años que siguieron, Dominique se hizo cargo del lugar con la ayuda de uno o dos voluntarios, mientras asumía cada vez más responsabilidades dentro de la Unión Nacional Cultura y Bibliotecas para Todos (UNCBPT), una red de 550 bibliotecas distribuidas en 60 departamentos franceses. Primero fue presidente departamental, luego pasó a formar parte del consejo de administración y hasta fue Presidente Nacional de 2015 a 2022. “Lo hice porque deseaba aprovechar mi jubilación y, sobre todo, por mi pasión por la lectura”, explica.

En 2019, su esposa, ya jubilada, se unió como voluntaria a la biblioteca de Gonneville. También colabora en la cercana biblioteca de Cabourg y se convirtió, a su vez, en presidenta departamental del Calvados, cargo que desempeña actualmente. “En el banco me encargaba mucho de la atención al cliente y de verdad lo disfrutaba. En las bibliotecas encuentro ese mismo espíritu”, sonríe Nadine, quien además es concejala de Gonneville.

Todos los miércoles, en bicicleta o en automóvil si llueve, la pareja sale de la casa que construyeron en 2009 y se dirigen a la biblioteca. De diez de la mañana a mediodía reciben a los lectores, a quienes llaman por su nombre y con los que suelen tutearse. “Tenemos pocos lectores, ¡pero son muy asiduos!”, exclama Dominique.

Vista de Gonneville-en-Auge
Gonneville-en-Auge

Amables y cercanos, los bibliotecarios saludan a sus visitantes, preguntan cómo están, les ofrecen café, les consultan si les gustó el último libro que llevaron y les recomiendan distintas obras. “Es verdaderamente una biblioteca de proximidad”, comentan al unísono. “La gente aprende a conocerse”, añade Dominique. “Para mí, un lector no es solo alguien que viene a buscar un libro y se va, —retoma Nadine— es alguien con quien charlamos. ¡Apreciar ese trato cercano es esencial para ser voluntario en una biblioteca!”

Al mediodía, la pareja apaga las luces y la calefacción, se despide de la secretaria del municipio —quien también es lectora de la biblioteca— y salen del edificio. Sin embargo, su trabajo no termina ahí: piensan en los libros que quieren adquirir, los compran en una librería de Cabourg .“La idea no es ir a las grandes librerías”, puntualiza Dominique, los registran en su base de datos, los forran uno a uno y leen algunos para poder recomendarlos a los usuarios. También ordenan su colección para hacer sitio a las novedades, administran un presupuesto anual de 1.200 euros, y organizan encuentros literarios. Además, están pensando en ampliar el horario de la biblioteca, abriendo los sábados por la mañana, para llegar al público que trabaja entre semana.

“El pueblo tiene suerte de contar con personas como ellos, que contribuyen a la vitalidad de Gonneville y generan vínculos sociales”, se alegra el alcalde, Harold Lafay. “Pero no vemos a nadie más preparado para tomar el relevo…” Los Andréani, por su parte, no están especialmente preocupados por el futuro. “Creo que encontraremos sucesores entre nuestros propios lectores. Ya hemos hablado con algunos de ellos”, subraya Dominique. “Por supuesto que queremos que la biblioteca siga funcionando después de nosotros.”

Reportaje de Le Figaro

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