Marina Colasanti, tejer una vida con palabras

Marina Colasanti
Foto: Salon du Livre de Paris

Hoy, 28 de enero de 2025, despedimos a la entrañable escritora, poeta y periodista Marina Colasanti, quien ha partido dejando un legado invaluable en la literatura brasileña y un vacío inmenso en todos quienes la admiramos.

Nacida en 1937 en la entonces colonia italiana de Eritrea, en África Oriental, y nacionalizada más tarde brasileña, Colasanti se convirtió en una de las voces más queridas y admiradas de la lengua portuguesa. Desde crónicas cotidianas hasta cuentos infantiles que desbordaban imaginación, su obra supo conmover a varias generaciones de lectores en Brasil y en tantos países, especialmente de habla hispana.

Marina Colasanti, 1968
Foto: Wikimedia Commons

De Eritrea a Brasil: la formación de una escritora

La vida de Marina Colasanti fue un viaje marcado por la migración y el descubrimiento cultural. Ella llegó a Brasil en 1948, tras haber pasado parte de su infancia en Italia. Su familia se estableció en Río de Janeiro, donde la joven Colasanti encontró en el idioma portugués un nuevo hogar para sus palabras. Esta experiencia migratoria la llevó a reflexionar sobre la identidad, el arraigo y la pertenencia, aspectos que más tarde plasmaría en sus crónicas y ensayos.

Sé que nos acostumbramos. Pero no deberíamos.”, escribió Colasanti en su celebrado texto “Lo sé, pero no debería”. Esta contundente frase le dio voz a la sensación de desconcierto que vivió Marina al habituarse a nuevas culturas y paisajes, y se convirtió en un eslogan emocional para quienes se rehúsan a la resignación cotidiana. [Más abajo publicamos un extracto de “Lo sé, pero no debería”]

Periodista, narradora y poeta

Foto: Kattie Kattie

Además de su faceta literaria, Marina Colasanti trabajó como periodista en medios de renombre en Brasil, como O Globo y Jornal do Brasil, en donde extendió sus reflexiones sobre la vida diaria, la cultura y la política. Su manera de narrar, a medio camino entre la crónica periodística y la prosa poética, la convirtió en una figura muy seguida por lectores de todas las edades.

Fue también una de las primeras mujeres en Brasil en abordar, con mucha sensibilidad, temáticas de género y equidad desde su columna periodística. Su compromiso se reflejó en artículos y textos que denunciaban la violencia contra la mujer y defendían la independencia femenina, siempre con un lenguaje elegante y, a la vez, contundente.

Historias para niños, reflexiones para adultos

Entre los aportes literarios más emblemáticos de Colasanti se encuentran sus cuentos y poemas dirigidos a un público infantil y juvenil. Obras como “A Moça Tecelã” (1976) le dieron reconocimiento internacional. Con un estilo evocador y repleto de imágenes poéticas, Colasanti supo hablar al niño que todos llevamos dentro:

Tengo la impresión de que escribir para niños es como entrar en un país extranjero sin intérprete, -comentaba en una entrevista-, y necesito aprender el lenguaje de la fantasía, el lenguaje de la curiosidad infinita”.

Ese genuino interés por el mundo infantil la llevó a ganar varios premios literarios nacionales e internacionales, entre ellos el Prêmio Jabuti, uno de los galardones más prestigiosos de la literatura brasileña.

Premios y reconocimientos

Foto: FIL Guadalajara

A lo largo de su prolífica trayectoria, Colasanti obtuvo numerosas distinciones. Entre ellos, el Prêmio Jabuti, uno que reció en varias ocasiones y que es de los galardones más prestigiosos de la literatura brasileña, el XIII Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil en 2017 o el Premio Machado de Assis de la Academia Brasileña de Letras, en 2023, por el conjunto de su obra. A lo largo de su vida recibió decenas de reconocimientos de entidades culturales en Brasil y en el extranjero. Su capacidad para producir obras dirigidas tanto a niños como a adultos la convirtió en una autora de referencia en congresos y encuentros literarios.

Eu sou a bailarina de vermelho
Affonso Romano de Sant’Anna e Marina Colasanti
Foto: André Mantelli

El crítico literario brasileño Affonso Romano de Sant’Anna —con quien Colasanti compartió gran parte de su vida— definió su escritura como un “tejer de imágenes”, aludiendo a la capacidad de la autora para hilar la realidad con la fantasía y, al mismo tiempo, ofrecer un espejo donde el lector pudiera reconocerse. En una entrevista a Folha de S. Paulo, Sant’Anna expresó: “Marina trabaja las palabras con la delicadeza de quien teje un tapiz, cada hilo es imprescindible y nada se desperdicia.

Aunque escribió principalmente en portugués, la obra de Colasanti fue traducida a diversos idiomas, incluyendo el castellano. Sus libros se leen hoy en escuelas y universidades de toda Latinoamérica, donde sus textos figuran como modelos de escritura sensible y comprometida. Muchas de sus crónicas, en las que retrataba con detalle la vida carioca, se han convertido en referentes periodísticos, apreciados por la habilidad de capturar lo extraordinario en lo cotidiano.

El adiós a una voz imprescindible

La partida de Marina Colasanti deja un vacío en la literatura latinoamericana. Su obra, sin embargo, sigue viva en cada una de sus páginas, recordándonos la importancia de la empatía, la imaginación y la rebeldía ante la costumbre que nos adormece. Hoy, al decirle adiós, vale la pena volver a sus libros, a sus columnas, a sus cuentos, y redescubrir en ellos la invitación a mirar el mundo con ojos nuevos.

Video Entrar en otra dimensión es lo que hacemos todo el tiempo: Marina Colasanti, de Álessandra Colasànti, en homenaje a su madre, para el III Seminario IBBY Iberoamericano del Libro Infantil y Juvenil:

Lo sé, pero no debería (extracto).

Sé que nos acostumbramos. Pero no deberíamos.

Nos acostumbramos a despertar por la mañana, sobresaltado, porque es la hora. A tomar un café corriendo porque atrasado. A comer un sándwich porque no da para almorzar. A salir del trabajo porque ya es de noche. A cabecear en el autobús porque estás cansado. A acostarse pronto y dormir profundamente, sin haber vivido el día.

Nos acostumbramos a abrir el periódico y leer sobre la guerra. Y, aceptando la guerra, aceptas los muertos y que haya números para los muertos. Y aceptando los números, aceptas no creer en las negociaciones de paz, aceptas leer todo el día sobre la guerra, los números, la larga duración.

Nos acostumbramos a pagar por todo lo que queremos y necesitamos. Y a luchar por ganar el dinero con que pagar. Y a ganar menos de lo que necesitas. Y a hacer cola para pagar. Y a pagar más de lo que las cosas valen. Y saber que cada vez pagarás más. Y buscando más trabajo, para ganar más dinero, para tener con que pagar en las colas.

Nos acostumbramos a la contaminación. A las salas cerradas con aire acondicionado. A la luz artificial ligeramente parpadeante. Al choque de los ojos con la luz natural. A las bacterias del agua potable. A la contaminación del agua de mar. A la lenta muerte de los ríos. Nos acostumbramos a no oír pájaros, a no tener gallo al amanecer, a no coger fruta del árbol, a no tener ni siquiera una planta.

Nos acostumbramos a demasiadas cosas como para no sufrir. En pequeñas dosis, tratando de no darnos cuenta, se alejan un dolor por aquí, un resentimiento por allá, un enfado más allá. Si la playa está contaminada, nos mojamos los pies y sudamos el resto del cuerpo. Si el trabajo es duro, nos consolamos pensando en el fin de semana. Y si el fin de semana no hay mucho que hacer, nos vamos a dormir temprano y aún seguimos contentos porque siempre tenemos sueño atrasado. Nos acostumbramos a no arañarnos en la aspereza, para conservar la piel. Nos acostumbramos a evitar las heridas y las hemorragias, para evitar el cuchillo y la bayoneta, para salvar tu pecho. Nos acostumbramos a salvar la vida, que de a poco a poco se gasta y se desgasta y, que de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma.

Marina Colasanti e Affonso Romano de Sant’Anna
Foto: Félix Zucco

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